Relatos del accidente: un ultimo beso antes de morir

Él pidió un beso tres minutos antes de morir calcinado. Hilda obedeció; le dio, sin saberlo, el último adiós a su esposo Alan.

Ella se bajó del Chevy, subió por la computadora que había olvidado en la oficina y cuando regresó, una parte del automóvil estaba arriba de un árbol y sólo cenizas en el sitio donde su esposo la esperaba para ir a casa.

A partir de ahí comenzó su búsqueda. Fue a todos los hospitales donde habían llevado a los heridos, pero su esperanza murió 15 horas después, cuando tuvo que llamar al dentista personal de Alan para que reconociera lo único que quedaba del cuerpo de su esposo: los dientes.

Fue el primer cadáver que se reconoció de los civiles que murieron la noche del 4 de noviembre. A ella le sigue pareciendo un sueño de tres minutos, aún no puede creer que cuando bajó del segundo piso, la zona ya estaba acordonada por policías.

Otra historia de amor

A lado de su marido, en el Semefo, hay otro cuerpo calcinado con otra historia de amor que también tuvo despedida.


 Es el de Patricia, quien alcanzó a decirle adiós con la mano a su esposo e hija que la miraban desde el otro lado de la calle, antes de que un avión le cayera encima.

Él iba todas las noches religiosamente por ella. Pero esta vez Patricia nunca pudo cruzar la calle para subirse al automóvil. Tras ondear la mano, literalmente desapareció.

Mientras ella se despedía de su vida, como si supiera que le quedaban segundos, en el segundo piso del 111 de Monte Pelvoux, Luis se quedó atónito cuando frente a la ventana de su oficina una avioneta se desplomó. En el momento no reaccionó. Alguien lo jaló hacia al piso. A 10 metros de su ventana estaban los restos de un avión encendido. “Fueron bolas de fuego”, dice el ejecutivo en telecomunicaciones.

Rubén Parra vende todos los días paletas de hielo en la bajada de la ciclopista que pasa por la callede Ferrocarril de Cuernavaca. La noche del martes decidió retirarse a las cinco de la tarde. Hoy sus clientes se acercan y le dicen sonriendo: “Por poquito”. “¡Qué bueno que estás bien!”. Agradece a Dios seguir vivo para cuidar de sus hijas Nancy y Karla, de 13 y 11 años de edad.

Azhael Cerón también es de los sobrevivientes del 111 de Monte Pelvoux. Cuando el edificio se estremecio pensó en todo; lo primero, una bomba. Su vecino, Carlos Villaseñor, oficinista que vio el estallido de la avioneta desde un edificio en en Montes Urales, relata que la llamarada que provocó el impacto de la aeronave superó la altura del edificio de 12 pisos donde trabaja.

Omar Hernández fumaba en la azotea de un edificio ubicado en Molliere y Miguel de Cervantes, en Polanco. Cuenta que vio la avioneta caer en picada, envuelta en llamaradas de colores. “Venía iluminada, de un azul como el que provoca una flama de gas”. Recuerda que en menos de cinco segundos la nave cruzó frente sus ojos antes de caer y matar, hasta hoy, a 14 personas. Nueve en el aire y cinco en tierra.

Fuente: EL UNIVERSAL

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