Morirse en Cancún

By | agosto 4, 2011

En la Colonia Tres Reyes, a las afueras de Cancún, los niños pequeños sobreviven de milagro, sumergidos en el peor escenario de la pobreza extrema. Pero algunos, los más desafortunados, mueren de manera vergonzante. Es tanta la miseria que rodea a este asentamiento irregular, cerca de la salida a Mérida, que cuando un chiquitín se enferma, no hay dinero que alcance a sus padres o tutores —aunque casi siempre son madres solteras—, para comprarles medicinas. Mucho menos para llevarlo a un doctor y ni qué decir a un hospital. Peor aun cuando su salud se agrava de noche y no hay manera de llevarlo a la ciudad ni de pedir auxilio. Las calles, si así se les puede llamar a esos laberintos pedregosos, están plagadas de gigantescos baches que pocos vehículos pueden sortear.

El pasado 19 de julio, en este infierno tan cerca del Paraíso, la tragedia sacudió a una familia de inmigrantes chiapanecos por partida doble. Víctima de una fuerte diarrea, a sus 14 meses de nacido, Julio comenzó a convulsionarse cuando ya había obscurecido. Pero como ya era tarde y no había manera de sacarlo de ahí, su madre y su abuelo no tuvieron más remedio que verlo morir durante la madrugada, en medio de terribles estertores.

Llegó la mañana del miércoles con la pena de tener al bebé muerto y el dilema de que no tener ni un quinto para darle sepultura. La costumbre, en muchos pueblos indígenas de Chiapas, es simplemente enterrar a los niñitos muertos en cualquier sitio disponible y casi siempre cerca de la vivienda que ocupaba. Don Pascual Pérez Hernández, abuelo de Julio, jamás pensó que seguir esta costumbre en Quintana Roo le fuera a traer una mayor pesadilla que la de ver morir a su nieto. Fue así que tomó una pala y cavó una tumba en el patio trasero de la casucha que comparte con su hija, madre de la criatura y con otras siete personas entre niños y adultos. El cuerpecito de Julio fue colocado al fondo de la fosa, envuelto en una pobre cobija y finalmente cubierto con algo de la tierra que lo vio nacer.

Lo que no sabían Don Pascual y su familia es que algún vecino los estaba observando a la distancia y que, sin pensar en el drama que se estaba viviendo, llamó a la policía para denunciar esta inhumación clandestina. Las autoridades, esta vez si, respondieron casi de inmediato y se trasladaron hasta el lugar de los hechos. Cual si se tratara del peor delincuente, el compungido abuelo fue trepado a la caja de una patrulla y llevado con rumbo desconocido a pesar de las súplicas lastimeras de sus seres queridos.

Los pocos pesos que aun quedaban en el hogar de los Pérez, fueron utilizados para tratar de ubicar a Don Pascual en las instalaciones de la Policía Municipal de Benito Juárez o las distintas agencias del Ministerio Público. Nadie les pudo o quiso dar razón. Agotados, el cuñado y la hija de Don Pascual regresaron por la tarde a su vivienda donde por fortuna ya estaba el anciano, aun aturdido por tan absurdo calvario. Les relato que luego de varias horas en que los policías lo estuvieron “paseando” finalmente se compadecieron de él y le dieron diez pesos para que se fuera a su casa. Yo no sé decirles cómo le hicieron Don Pascual y la madre de julio para llevarse el cuerpecito de Julio hasta San Juan Chamula, Chiapas de donde la familia es originaria. Supongo que habrán pedido prestado entre otros miembros de la comunidad chiapaneca que vive en la zona de Tres Reyes.

El caso es que ya no estaban ahí cuando el pasado miércoles  27 acudimos a llevarles una despensa que un televidente de Azteca quiso donarles al ver su caso en el Noticiero de la tarde.

Morirse en Cancún es solo para los ricos, me dijo el donante Nelson Rodríguez, también chiapaneco. Sólo para los ricos, repitió suspirando.

Artículo Cortesía de Luces del Siglo, Autor: Jose Martín Sámano.

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comentarios

One thought on “Morirse en Cancún

  1. Tania

    Es una verdadera lastima que sucedan este tipo de cosas en uno de los lugares MAS TURÍSTICO DE MÉXICO donde hay una buena derrama de dinero …me pregunto donde esta?

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